Nadie tiene culpa de nada

Tenía el cabello largo, muy largo y negro. Tan brilloso como para que nunca dejara de verla. Era extraño, por esos días odiaba verla cerca , me quitaba el lugar privilegiado que tenía como el más chico de casa, no jugaba a lo mismo que yo (aunque lo intentase), digamos que hacía el esfuerzo por competir decorosamente en mis juegos. Tenía los ojos y la boca tan pequeños como yo, era obviamente parte de mí, aunque no lo quisiese. Llevamos, de alguna manera, una infancia tranquila, con peleas y riñas de por medio, pero sin mayores sobresaltos, era cada día una niña más grande y alta. Por si quedara dudas de ello se me acercaba recurrente: cuando veía la televisión, cuando andaba en la sala jugando, cuando hacía cualquier cosa ella estaba ahí para mirarme y pedirme un abrazo.

No fueron muchas las ocasiones que recuerde -pero tampoco son inexistentes- su expreso amor 'hadista' de niña. Una vez en que veía en la tele, de niño, un programa de la época sobre romances y juegos infantiles, en el preciso momento en que los púberes protagonistas fingían un tierno y apasionado beso de enamorados párvulos, ella ya estaba junto a mí abrazándome y jurando que aquellos dos de la pantalla bien podríamos ser nosotros. Yo la notaba tan loca y no sé si le tenía pavor a sus ocurrencias, pero me sonrojaba cada vez que me decía aquel: "cuando seamos grandes nos vamos a casar". Yo corría desesperado a avisarle a mamá que otra vez me estaba molestando y ellas sólo reía. Ambas deslizaban sonoras carcajadas con aires de jocosa complicidad. Ya no había momento en el que no me repitiese su emocional propuesta: en el taxi, cuando salíamos con los abuelos, en la casa los fines de semana. Estaba tan hastiado de sus palabras, besos y abrazos como de ir al colegio los días lunes.

Pasado un tiempo, nació mi primo menor. Ella al alumbramiento de su nuevo hermano, padeció el mismo sentimiento de desatención que yo en su aparición. Los veía pelear muy continuamente y eso hizo que se separase un poco de mí. Ya no la veía seguido en casa pues sus padres habían instalado la suya propia. Eso la terminó de separar de mí. ¿Para mi beneplácito?, no lo sé. Sus visitas los domingos disminuyeron, pero no tan estrepitosamente. Ya estaba en el colegio y había conseguido sus propias amigas y sus propios intereses sociales. No era más la niña que me pedía arriesgadamente matrimonio a los 6 años. Yo también me estaba mudando a mi nueva casa en esos días.

A veces, cuando iba a casa a visitar a la abuela quería jugar conmigo. Ya no valía el fútbol en el pasadizo, ella esmerada portera y yo voraz delantero. Ya no, esos juegos no iban más, no teníamos más que compartir. Ahí nos distanciamos más. A pesar de que se mostraba raramente cariñosa a veces, estábamos separando nuestras vidas. Ella empezó a juntarse con una prima que vivía cerca, así que yo comencé a jugar con su hermano menor. Al fin y al cabo, era cuestión de pasar los domingos. Así vivía tácitamente tranquilo mi ingreso a la pubertad. Ahora estaba creciendo ella también. No un era secreto que su frágil cuerpo estaba adoptando ahora las facciones de una mujer.

Llegaba para ella la etapa de los primeros enamorados, las confesiones a oreja y los reveladores secretos de amigas. Juro que nunca la vi como una posibilidad de mis ardientes sueños pre-adolescentes. Era para mí todavía la niña que jugaba a los cuentos de Disney. Sólo recuerdo que algún inmemorable día hicimos un juego con nuestra otra prima, en donde había que colocarse en esforzadas posiciones y realizar imposibles movimientos. Lo confieso, fue a propósito, altere los códigos para que quedásemos ella y yo en una posición comprometedora conmigo atrás de ella, situación que mi otra prima notó con facilidad en su mente más conocedora y que propició en su rostro una risa de mera picardía. Todo luego fue tan incierto, como la visión objetiva de mi futuro profesional a los 15 años. Ya era un adolescente y sentí que era el momento de olvidar los juegos y convertirme en el chico maduro ante ella. Bastaba una contradicción para que se exaltara caprichosa y divertida, que no quisiera hablar con nadie porque, como no le hacen caso, "nadie la quiere". Estaba notoriamente evidenciando el sentimentalismo de su personalidad. Por esos días me convertí en el primito 'antipático' e irónicamente burlón.

No sería una gran enmienda relatar lo que pasó mucho tiempo después, dado que no sucedieron cosas relevantes en el lapso de tiempo que voy a obviar. Le conocía ya un novio. Estaba ella claramente cegada por las ilusiones y los amores 'vía TV'. A veces en el MSN -ya me traía agregado hace un buen tiempo- ponía nicks sobre él, se le notaba muy feliz y a veces dudaba en perturbar su armonía relatándole situaciones del amor en la realidad. Por cierto, al principio en el chat me hablaba muy seguido, pero ante mi inicial indiferencia optó por evitarlo. Para esos años los regalos de Navidad habían cambiado considerablemente a los que nos daban antes, no por nuestro obvio crecimiento, sino por el poco valor monetario que ostentaban nuestros obsequios conforme nos hacíamos mayores. Fue un tío nuestro el que me mostró el regalo navideño para ella: un diario-agenda 'Pascualina', bloc ideal para revelar los secretos mejor guardados sin que fuesen leídos más que por el autor de ellos o por algún amigo cercano. Regalo que sin saberlo me sería muy útil para conocer sus 'misterios' de chica enamorada.

Claramente recuerdo el domingo, ella llegó -al menos oí cuando saludaba a los abuelos abajo-. Estaban también su hermano menor y sus padres. Escuché desde la ducha. La vi, la saludé como siempre. Nada sobresaltante. Sólo que dejó su mochila en el cuarto de los abuelos sin medir efectos posteriores -léase desatar mi curiosidad-, pues adentro tenía a su inseparable 'Pascualina'. Me aseguré de que fuera a comprar para revisar la agenda con total desparpajo. Era una como todas pero a la vez como ninguna. Pude encontrar cartas de desamor, confesiones a su mejor amiga, tonterías varias y recuentos de los que hacía los fines de semana. Deduje entonces que estaba peleada con su enamorado, su semblante tranquilo no convertía a su ánimo en subrepticio. Pasó la tarde entre tibia y algo apagada. Una selección juvenil peruana perdió ese día ante Brasil.

Estuve aburrido toda la tarde en la sala, por lo que fui a buscar la televisión del cuarto de los abuelos, pero estaba ella ahí, viendo una de las tantas películas domingueras del cable, recostada en la cama. Como nunca, decidí ver la tele junto a ella, estaba todo tan aburrido que preferí quedarme, sería una buena ocasión para hablarle sobre ese novio que la ponía mal. Se echó a mi lado y empezamos a hablar, le pregunté si estaba mal y lo negó. Le confesé que leí su 'Pascualina' y se molestó, esta vez no como las anteriores, con mayor pasividad. Casi y me lo confirmó, me dio a entender que se sentía muy triste y que en ese momento, como cuando niños, necesitaba un abrazo. Esa vez no pude negarme y acepté su abrazo, extrañamente cargado de un cariño más profundo que el familiar. Se acercó más a mí y le di un beso en la frente, creo que le gustó mucho porque me acercaba su cabeza para que continuara haciéndolo. En ese momento comprendí que había llegado el momento para ella, que lo había decidido así. No puedo negar que algo similar rondó mi mente.

Entonces los besos que iban ya bajando por sus ojos cerrados, se detuvieron intempestivamente, ella sólo sentía y sus sentidos se habían reducido a la única expresión de mis besos sobre la piel de su rostro. Pareció volver al mundo cuando le pregunte si quería que siguiera, nunca la vi tan lúcida cuando con una sonrisa cómplice en su rostro movió su cabeza afirmativamente. Segundos después ya nuestros labios eran un sólo y nuestros cuerpos con un fuerte abrazo también. ¿Lo recuerdas?, nunca te había sentido tan extraña. Era pues un momento tan remotamente planeado como prohibido a la vez. Te recosté en el lecho de los abuelos para que mis manos fueran magnos testigos del volcánico éxtasis de tu cuerpo. Te besé de nuevo y ya yo recostado a tu lado, te pusiste sobre mí, como enviciada con mis abrazos y yo con las caricias a tu espalda. Me miraste como si quisieses recuperar la cordura al menos en un par de palabras, lo supe cuando me dijiste que no podíamos ir tan lejos, mientras me ayudabas a quitarte el pantalón, en la mejor de las paradojas que el más famoso de los poetas pudiera haber creado. Espera mi ego masculino el más fiel recuerdo de mi arriesgada exploración hacia lo austral de tu cuerpo. Me sería mezquino olvidar tu imitación de mi travesía, incluso cuando me dijiste antes que era la primera vez que lo hacías, como justificando la poca destreza que nunca pude comprobar. A la luz del televisor de una película cualquiera y ocultados tras la delgadez de una cortina y la discreción de una fría puerta. Estoy completamente seguro que no predecías esa explosión cuando te pedí que lo hagas por segunda vez, mientras acariciaba tu pelo y llevaba tu cabeza hacia el propósito exacto de la gloria. Me besaste, olvide lo que estuviste haciendo antes y lo recibí con frialdad, un fugaz remordimiento nos acaparó. Te recostaste a mi lado y prometimos no comentar esto nunca. "Nadie tiene culpa de nada", nos obligamos a creer.

Ya no era la misma de antes, al menos conmigo. Ahora la veo con un aire tan mohíno como lejana, abandonada la sustancia de su alma. Hace poco partió para una beca en el extranjero, no se despidió de mí, aunque le afirmó a su mamá haberlo hecho. No le guardo el más mínimo rencor, no tendría por qué hacerlo aén. La retrato en los más gratos espacios de mi memoria. Prefiero recordarla como la niña que me pedía matrimonio un viernes a la tarde, viendo 'Cebollitas' en canal 9.