Nada es suficiente



Gabriel se detiene en la esquina a esperar un taxi. Es sábado a las 3 de la tarde, el sol no estuvo tan expresivo por la mañana y ya por la tarde desapareció. Detiene un taxi y le pide lo lleve hasta la avenida La Marina. Luego de una esmerada negociación, sube al vehículo y se tiende a descansar sobre el desgastado asiento de cuero de la parte de atrás. No quiere pensar en nada porque está exhausto, pasó todo el día en casa de la abuela, ubicada en un barrio popular, dentro de una vieja quinta, aquella en donde recorrió su niñez a base de juegos sobre el vívido ocre rojo del pasadizo.

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Las palabras del taxista lo despiertan. Había llegado a su destino. Gabriel recibió con agrado el llamado del chofer, ya que uno no puede saber a que riesgos se atiene si es que pestañea por un momento a bordo de un taxi. Un secuestro o un robo son usuales en aquel tipo de circunstancias. Desciende, le paga de más por su cortesía y se presta a entrar al hotel.

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Ha ido a visitar a Gianella, su ardiente amante argentina a la que conoció mientras eventualmente trabajaba a medio tiempo en el aeropuerto de Lima. Una mañana cualquiera, Gabriel recibió el pedido de ayuda de Gianella, pues había perdido el rastro de su equipaje. Gabriel, muy servicial y no menos atento, tal como se lo había indicado su jefe: la cordialidad y atención al turista por encima de todo. Tras arduos minutos búsqueda pudo al fin encontrar las maletas de Gianella. Ella agradecida y sonriente le pidió tomar un café luego. Si es que se puede, claro. Gabriel no pudo desechar la propuesta y concretó la cita para el fin de semana. Ella le contó que vino a Perú para visitar a su ex esposo, con quien se había divorciado 4 años atrás, y buscar la reconciliación. Mientras Gabriel la escuchaba con serenidad y atención, prestaba su mirada a los ojos de Gianella, eran verdes, tenues y muy hermosos. La escuchaba tan claramente como se formaban brillantes, radiantes y... verdes, las imágenes de los ojos de ella en su mente.
Sin embargo, los días pasaban y Gianella no conseguía volver con su antigua pareja. Era casi siempre un mar de lágrimas los viernes, cuando se veían en el mismo café. Le contaba a Gabriel lo desafortunada de su vida, las cosas terribles que tuvo que pasar junto a Néstor, su ex marido y el porqué debía volver con él. Las cosas allá en Rosario iban mal, su madre había enfermado y necesitaba el dinero, sí, el dinero de Néstor, el hombre al que amó tiempo antes le era necesario ahora por plata. A veces creía que todavía lo amaba, eran acaso raras obligaciones mentales. Juntó todo lo que les quedaba para venirse a Lima por una solución y no pensaba irse sin conseguirla. Aunque tenga que soportar que me trate tan mal como siempre lo hizo.
Pasaron 2 meses para que Gabriel y Gianella se dieran por primera vez un beso, mientras ella esperaba el colectivo para irse a casa de Néstor a pasar la noche, como siempre. Lo que empezó como un incipiente juego terminó en amor varias semanas después. Ahora Gianella le decía que se sentía feliz, que había encontrado al fin al hombre justo, que si alguna vez, si alguna vez dejase de amar, serías tú el último por quien lo hice.
Un martes llegó ella al departamento de Gabriel deshecha, con signos de haber sido agredida físicamente. Néstor me golpeó, me preguntó a dónde es que salgo a la tarde, yo le dije que a mandarle correspondencia a mi mamá, a tramitar uno documentos a Migraciones. No me creyó, Gabriel, y me pegó, me dijo que soy una puta, una ramera y que no piensa darme más dinero. Gabriel sólo la abrazaba, y le secaba las lágrimas con su pañuelo.
Esa noche hicieron el amor por primera vez y Gianella pasó la noche junto a él.
Pasaron algunos días para que Néstor y ella se amistasen. Así también, Gianella dejó de frecuentar a Gabriel, cambió su número de celular y no dejó el más mínimo rastro de su existencia. Volvió a Rosario, pero no pudo evitar que su mamá falleciese. Fue ese tal vez el golpe más duro que le tocó recibir.
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Gabriel entró al hotel preguntó por la habitación de la señorita Gianella Ravelli. Un tipo delgado, con bigotes gruesos y anteojos le brindó el número. La 47. Registró sus datos en el libro del hotel e ingresó al ascensor. Gianella, preguntó al tocar la puerta. Pasa, le dijo ella del otro lado, con una voz que denotaba alegría.
Estaba en camisón rosado, traía el pelo suelto y sin maquillaje le parecía igual de preciosa a Gabriel, quien la veía como una pequeña princesa. Si él era alto, Gianella era más bien baja, muy baja a comparación de él, detalle que ella no dejaba de resaltar. Tenía el cabello negro y muy largo, casi hasta la mitad de la espalda, cejas pronunciadas, nariz pequeña y labios tan amplios como rosados, que dibujaban una sonrisa geométricamente perfecta y curva. Senos pequeños , caderas pronunciadas, piernas cortas y pies excelentemente muy bien cuidados.
Brindaron al comienzo con vino, para beber luego algunas latas de cerveza que Gianella tenía en el frigobar.
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Ya por entonces tenía un empleo muy bien remunerado como maestra de inicial y podía vivir tranquila. Luego de haber regresado de Argentina tras la muerte de su madre, estableció su relación con Nestor y consiguió un empleo. No podía pedirle más a la vida que le había tocado vivir. Era de alguna manera una compensación a todas las cosas malas que consideró, le tocaron vivir. No obstante, se sentía carente de algo... o de alguien: Gabriel. Luego de muchos meses ella reapareció en su vida, arrepentida por todo le pidió perdón por haber sido tan egoísta e ingrata y quería reiniciar su relación con él porque fue lo mejor que me pasó en la vida. El aceptó de mala gana, aunque le reprochase su mal proceder, aún la seguía amando. Volvieron, pero al poco tiempo ella le pidió reconsiderar su noviazgo y hablar después. Gabriel no pudo aguantar más y estalló, le recriminó su actitud y le dijo que no volvería más con ella. El sabía que no dejaba de estar junto a Néstor y eso le reventaba. Fue otra vez el tiempo en que la distancia se hizo larga de nuevo.
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Tras de haber bebido juntos, se besaron e hicieron el amor. Mientras ella lo besaba iba posando su mano derecha por encima del sexo de Gabriel. Al tiempo que él acariciaba sus senos, reducidos pero no menos atractivos. Oía él las promesas de amor de Gianella cuando le quitaba por completo el camisón y acariciaba los fines más remotos de su anatomía. Ella lo besaba, bajaba, iba despacio, siempre tan calculadora como en la vida misma, mientras tomaba el sexo de él con lujuria para introducirlo luego en su boca y brindarle con la misma placeres que Gabriel no había descubierto antes. Luego, se detuvo y con la misma destreza como degustó el miembro de él, lo condujo hacia la entrada de su vagina. Era tan eficiente como la maestra jardinera que encarnaba todas las mañanas en el trabajo. Y era Gabriel además un aplicado alumno. Gianella se movía frenéticamente y podría decirse a claras señales de desesperación. El, entregado completamente al cuerpo de la mujer que amaba, se sentía un nerd al sentir todavía amor incluso en el momento en que se cogía a la mujer que abandonó su corazón en el momento más crítico. Gianella gemía con deseo y placer ante el rigor del falo de su eventual pareja. Para relamerse con la emanación líquida del éxtasis masculino.
Se tendieron en la cama, no se miraron.
Sé que sigues con Néstor, dijo Gabriel, sorprendiéndola
Sí, es verdad -respondió ella- pero ya no significa nada para mí
¡¿Entonces cómo diablos sigues con él?!, le inquirió él furioso
No lo sé. Lo único que sé es que te amo, dame un tiempo por favor, dijo Gianella con un tono leve.
¿Tiempo?, ¿dices que me amas y estás con otro tipo?, ¿vas a pensar lo nuestro mientras te entregas a otro?, le preguntó Gabriel lloroso, indignado por lo que había oído
¡No me tratés como a una trola!, ¿estamos?. No soy una puta, entendelo, dijo ella mortificada, como si le hubiese afectado de sobremanera lo que había oído.
Está bien, está bien, no te voy a tratar como tal. Pero sabes, olvídate de mí, esto se acabo y no quiero saber nada más de ti, dijo Gabriel, tratando de calmarse.
Se vistió rápido y se aprestó a salir.
No me dejes, le dijo Gianella poco antes de que él se vaya.
Vete a la mierda, respondió Gabriel con los ojos rojos y cerró la puerta con rabia.
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Un viernes Gabriel se encontró en el supermercado con Raquel, una ex compañera de la universidad, con la que siempre se llevó bien.
¿Gabriel de Orellana?, le preguntó ella casi reconociéndolo
Hoooola, ¿cómo estas, Raquel?, ¡qué gusto verte!, saludó Gabriel muy alegre
Aquí, bien haciendo unas compras para la casa, ¿qué fue de ti, te casaste?, dijo ella siempre sonriendo, con los labios moviéndose en perfecta sincronización.
No, nada que ver, soltero, mejor creo, jaja. ¿Y tú?
Yo me casé con Anthony. Anthony fue el novio de Raquel durante toda su estancia en la universidad. Era él un tipo tranquilo, que nunca peleaba con nadie y singularmente fue gran amigo de Gabriel en los primeros ciclos.
Mira, qué bueno, dijo Gabriel mientras la miraba completamente.
Raquel tenía el cabello negro y muy lacio, largo y muy bien cuidado. Ya no estaba tan baja como en la universidad, al menos esa impresión tuvo Gabriel. Cejas delineadas, ojos claros y grandes, labios medianos y livianos. Vestía buzo y campera deportiva.
¿Qué tal si me das tu número y así quedamos un día para conversar?, le propuso Raquel
Sí, claro, cómo no.
Intercambiaron números de teléfono y se despidieron con un beso en la mejilla, Gabriel sintió el olor de su cabello, se sentía como a frutado. Definitivamente, Raquel seguía siendo la misma chica con alma de niña que conoció.
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Un sábado a la tarde, Gabriel llegó a casa muy cansado. Había olvidado el celular en la cama, vio que tenía 3 llamadas perdidas. Eran de Raquel. Le devolvió la llamada. Ella le dijo que efectivamente lo estuvo llamando pero no respondía. Quedaron para verse en el centro comercial del cono norte a las 8 de la noche. Ella tardó 15 minutos, pero a Gabriel no pareció importarle. Al fin y al cabo, no la veía hace mucho y bien valía la pena.
Raquel vestía un blusa celeste perlada. Unos jeans azules y zapatillas. Pese a la simpleza de su vestuario se veía singularmente linda. Se saludaron y no repararon en dar una caminata por todo el centro comercial.
Cuéntame Gabriel, ¿qué has estado haciendo en todo este tiempo?, preguntó ella, su cabello deslizado por el viento.
Gabriel acabó la universidad y estuvo largo tiempo sin encontrar un trabajo, tras desempeñarse en eventuales empleos -como el aeropuerto, en donde conoció a Gianella- fue recibido en un diario local, en donde por fin pudo desarrollar su profesión, el periodismo. Debido a su capacidad y esmero, pudo escalar posiciones laborales y consolidarse en un trabajo estable y bien pagado. El reconocimiento estaba pronto a llegarle.
Trabajo en Acción 20, ya llevo algún tiempo y me pagan bien, no puedo quejarme, contestó Gabriel, como feliz de gozar de un excelente trabajo y una buena remuneración. El dinero no da la felicidad, pero la imita muy bien, había oído alguna vez en una serie de TV. Y sí que era cierto... o parecía muy bien.
Raquel le contó que terminada la carrera viajó a Estados Unidos y tuvo la posibilidad de especializarse en Relaciones Públicas. La vida profesional le sonreía, pero el amor le era esquivo. Necesitaba de Anthony, con quien tuvo una extraña ruptura tras acabar la universidad. De regreso a Lima, conversaron, se enamoraron de nuevo y decidieron intentarlo una vez más. Meses después contrajeron matrimonio. Ahora trabaja en una importante transnacional y el futuro parecía prometía ser tan óptimo y tranquilo como cada uno de sus pasos al caminar, seguros y despreocupados.
Raquel propuso ir a ver una película, a lo que Gabriel accedió cortés pero sin ganas. Nunca le gustó el cine pero a una invitación de ella no podía negarse.
Lo que esperaba, la película era aburrida y trillada. Decidieron por mutuo acuerdo salirse. Y aunque el no hubiese pagado las entradas -sí, pues, Raquel insistió tanto en pagarlas, que Gabriel aceptó- se sintió estafado. Pero todo podía pasar tan rápido, como el viento que corría furioso y parecía juguetear con el cabello de Raquel, si siempre estaba con ella, armoniosamente alegre y optimista.
Como la noche no podía arruinarse tras aquel fracaso cinematográfico, él le propuso ir a cenar. Raquel aceptó gustosa y entraron a un restaurante donde vendían parrilladas.
¿Y por qué no te casaste?, inquirió Raquel como preguntándose a ella misma porque no preguntó eso antes.
No sé, de alguna manera así es mejor. Aunque no creas. Estuve algún tiempo con una chica pero no resultó, dijo Gabriel excusándose.
Sí, entiendo, ¿varios problemas seguro?
Muchos diría, a veces estás tan enamorado que ni siquiera sabes qué persona tienes al lado, dijo Gabriel, con la cabeza en otro lado, imaginando a Gianella.
A veces las apariencias engañan, Raquel y Anthony no estaban pasando precisamente por su mejor momento. La relación parecía desgastarse poco a poco. Ella se lo contaba con las pupilas húmedas. Luego de cenar habían pedido un vino, el cual ya parecía haber mellado la sobriedad de Raquel.
En ciertas ocasiones ella pensaba que tal vez se apresuró, que le confundió la ilusión con el amor y que pensó que luego de tantos años juntos, el cariño no se les iba a acabar nunca. Que era Anthony el amor de su vida.
Era una situación repetitiva para Gabriel, un Deja Vu. Siempre que ellos peleaban, Raquel buscaba a Gabriel. Juntaban algunos soles y compraban una botella de ron que ambos consumían entre penas reveladas, lágrimas por doquier y promesas de apoyo eterno. Sin querer, el amor se entrometía en su amistad. Pero no era para Gabriel algo serio, sino lo tomó como un afecto natural por alguien a quien estimaba mucho y consideraba gran amiga.
Ni siquiera el beso que los unió en un sábado de una tarde fría significó para alguno de los dos el asomo del enamoramiento.
Tengo que contarte algo, Gabriel, dijo ella en el momento más crítico de la conversación.
Dime, cuenta conmigo, replicó él, preocupado e intrigado.
Creo que no amo a Anthony, de hecho no lo amé nunca. Fue tan solo costumbre, no amor. Pero no se porque tuvo que pasar tanto tiempo para que no me dé cuenta, y me odio porque sé que el sí siente eso por mí y de un momento a otro no puedo decirle que no más. Que ya no estoy enamorada de él, cuando en realidad nunca lo estuve. Me encataría amarlo pero no puedo.
Raquel, no puedo creer lo que me dices, yo creí que tanto tiempo juntos los había unido mucho, no había conocido a nadie que se amara tanto como ustedes en la universidad, dijo Gabriel sorprendido.
Te juro que nunca estuve tan confundida, no por mis sentimientos, sino porque no sé como decírselo. Estoy casada y pienso tanto en el tiempo que pasó sin que lo notara, como en el daño que podría hacerle a Anthony. Raquel estaba ahora llorando, su sonrisa y la alegría de sus ojos habían desaparecido. El alcohol le había abierto el corazón y estaba revelando sus sentires. Tan sincera como en las noches en las que Gabriel la aconsejaba, le pedía que fuese más comprensiva, más tolerante con Anthony, ella orgullosísima y triste pero atenta. Al día siguiente ya andaban juntos de nuevo y Raquel le agradecía por los consejos y por ser un amor, mientras le daba los besos en la mejilla que Gabriel amaba, para sentir el liso de su pelo y su eterno olor a champú frutado.
Quizá dejar que pase tanto tiempo fue tu mayor error. Sabes, pero todavía no puedo entender como pudo suceder algo así, tan abrupto, de la noche a la mañana, por qué tuvo que pasar tanto tiempo para que te diese cuenta de que...
Te amo, dijo Raquel con la mirada fija, llorosa pero fija, los ojos casi retadores. Como preguntandole, ¿es qué acaso nunca lo supiste, nunca te diste cuenta que tras nuestras noches juntos y aquellos besos que parecían no importarnos estaba mi corazón amándote?
El silencio se apoderó de ambos, al menos Gabriel no pudo decir nada, tenía la mirada baja, notó que el vino ya estaba por acabarse.
Para que me diese cuenta de que te amé siempre, que aunque nunca te hubieses tomado el riesgo de pedirme estar juntos nunca pude evitar amarte. Ahora Raquel parecía haber recuperado la lucidez por arte de magia. Cada palabra sonaba tan segura al movimiento de sus labios, que Gabriel lograba ver ahora con los ojos más arriba.
La abrazó tan fuerte como para demostrarle su cariño pero sin lastimarla, a lo que ella respondió de la misma manera. Gabriel besó su frente, sin notar que las manos de Raquel buscaban su mentón para acercar su boca a la de él. Y aunque quisiese Gabriel no pudo evitar el deseo de besarla. Fue un beso largo, con el deseo de dos adolescentes y el amor de nóveles púberes.
Aquella noche Gabriel no podía dormir, y no era para menos, horas antes la actual esposa de un amigo le había dicho de la manera más insospechada lo mucho, que lo ama y que lo amó. Tomó las pastillas que un compañero le recomendó en el periódico y no tuvo que pasar mucho tiempo para que las ganas de dormir apremien su integridad.

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Era martes y Gabriel estaba viendo la TV en su habitación cuando recibió una llamada al celular. Era Raquel.
Hola Gabriel, ¿qué tal? -ya no parecía tan inquietada como la noche en el restaurante- ¿qué te parece si te das una vuelta por la casa?, de paso conversan con Anthony, tiene muchas ganas de verte desde que le comenté que te vi en el supermercado
Claro, normal, dame la dirección, respondió gustoso Gabriel.
Media hora después ya estaba en casa de Raquel. Sin embargo, Anthony no estaba. No fue tal como ella le dijo de paso conversan con Anthony, tiene muchas ganas de verte desde que le comenté que te vi en el supermercado. Raquel le había mentido y esa no parecía que sería una amical charla precisamente. Ignorando ese detalle Gabriel pasó y detrás de el Raquel cerró la puerta.
Anthony no va a venir a pasar la noche, tiene una larga reunión de negocios, dijo ella al tiempo que le estampaba un certero y acalorado beso. Gabriel la tendió en la cama y la desvistió tan rápido como pudo. Esa noche el deseo se sobrepuso a toda razón y ella tampoco parecía ajena a esa situación. Ya ambos desnudos, Gabriel acarició y besó con ardor los senos de Raquel, deteniéndose afanosamente en cada uno de sus pezones. A lo que ella respondía con ahogados gemidos y acelerada respiración. No existía prohibición alguna. El bajo lentamente por su vientre hacia su vagina. Raquel le pidió intercambiar posición para brindarse placer por igual. Ambos entregaban lo mejor de sí estimulándose, a los suspiros espontáneos de Gabriel se sumaban los incipientes gritos de placer de Raquel. No existían los límites. El la penetró y sintió el grado máximo del éxtasis, el vaivén interminable era la fuente inagotable de lujuria que ambos gozaban.
De un momento a otro la puerta sonó, era Anthony, traía consigo un revólver. En descontrolada actitud disparó a Raquel, su mirada mostraba el dominio absoluto del salvajismo. Ya frente a Gabriel no se detuvo y le propinó una cantidad indeterminada de disparos. El solo sintió desfallecer.
Gabriel despertó sudoso, eran las 8 de la mañana, las pastillas le habían hecho dormir demasiado. Se había hecho muy tarde para ir al periódico. Hoy domingo estaba encargado de dirigir un reportaje especial que sería primicia para este lunes. Casi como un zombi, y aún con el rostro petrificado, tomó rápidamente un desayuno que ni sintió ingerir y partió hacia el diario. Ese fue un día fatal.

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Las semanas siguientes fueron más duras de lo que Gabriel esperó. Tenía consigo la satisfacción de sentirse amado; sin embargo, le abrumaba la condición de la persona por quien se sentía querido: Raquel, la esposa de su ex mejor amigo, Anthony.
Gabriel contrastaba su éxito profesional -pues, en tiempo récord consiguió ser editor de la sección política- con su atribulación personal. Paulatinamente su consumo de fármacos para dormir aumentaba. Ya no era una, sino dos y hasta tres las que debía consumir para conciliar el sueño y contrarrestar en tormentoso insomnio que lo aquejaba.
Días mas tarde, un domingo en que tuvo libre toda la jornada, escuchó sonar el timbre. Al abrir la vio. Era ella, Raquel. Vestida tan informal como hermosa a la vez. La hizo pasar. En los minutos siguientes no refirieron palabra alguna sobre lo suyo, aunque Raquel parecía más risueña y alegre de lo normal.
Se lo conté todo a Anthony, dijo resoluta.
¡¿Qué?!, ¿pero... así de simple?, ¡¿qué te dijo?!, le preguntó Gabriel, definitivamente Raquel no dejaba de sorprenderlo, pero esta vez fue demasiado. Le estaba contando que le dijo a su esposo con lujo de detalles que le había sido infiel. Que ya no quería seguir junto a Anthony por él.
Al principio lo tomó a mal, pero luego lo entendió. Conversamos largo rato y decidimos evaluar la posibilidad de separarnos, relató ella.
¿Pero le contaste lo del restau...?
No -dijo Raquel, que no lo dejó terminar- ¿cómo se te ocurre?, tampoco soy estúpida. Le dije que toda relación a veces tiene un principio y un fin. Que sentía que este podía ser el nuestro. Que lo quería mucho pero que la relación se había desgastado. Le propuse que pensemos en la posibilidad de la separación. Felizmente, lo tomó muy maduro. Aunque sé que Anthony no quiere eso. Aunque... Gabriel, te imaginas, si se da lo del divorcio podríamos estar juntos. No habría problema alguno. Además Anthony y yo no tenemos hijos todavía y eso aceleraría las cosas. Se levantó del sillón y corrió casi como una niña a abrazar a Gabriel, para luego besarlo y posar su mentón en el cuello de él. Gabriel estaba estupefacto, no sabía si alegrarse o morirse ahí mismo del susto por la demencial confesión de Raquel. Definitivamente está loca, fue apenas lo que pensó. La soledad fue cómplice de ellos y tumbados en el sillón más grande, besándose infinitamente. Se entregaron uno a otro e hicieron el amor.
Los días posteriores a la visita de Raquel pasaron rápidos y sin novedades. Gabriel no la veía tan seguido, el tiempo que su nuevo puesto de trabajo en Acción 20 le requería era un impedimento más para poder verla. No obstante, las llamadas de ella eran diarias, por las noches. Imaginaban el futuro juntos, se decían tonterías, compartían risas y frases de amor. Se sentían ambos todavía en la universidad, en esos lejanos años de adolescencia. Luego de cada llamada, antes de dormir, Gabriel tomaba las 3 pastillas para dormir que ya eran moneda corriente antes de acostarse.
Un lunes por la mañana, cuando Gabriel estaba revisando algunos textos, recibió la llamada de Augusto Almaguez director del diario, un tipo serio pero amable y cortés con sus empleados. Al menos era lo que Gabriel percibió desde que lo conoció durante su primer día de trabajo. Almaguez se consideraba de derecha y había sostenido buenas relaciones con el gobierno anterior. Sin embargo, era acusado por otros medios de 'acomodado', de vender su línea periodística para favorecer al presidente que estuviese de turno. Enseguida, señor Almaguez, contestó Gabriel.
Pasa, Gabrielito, siéntate, dijo Almaguez. Vestía ropa muy elegante pero desarreglada, pantalón gris y camisa blanca, corbata a rayas, un saco yacía tendido en el sillón.
Dígame, señor, a sus órdenes, dijo Gabriel, atento, si alguna cosa no deseaba perder era ese trabajo tan bien pagado.
Mira, Gabriel te voy a ser sincero. Tú sabes que yo estoy muy contento con tu trabajo y me alegro por tu carrera periodística y por ti que hayas alcanzado cierto reconocimiento en tan corto tiempo. Bien que mal, Gabriel había alcanzado un gran respeto dentro del gremio periodístico, su estilo crítico con los groseros desaciertos de Palacio. Pero -prosiguió Almaguez- de otro lado, tengo que darte una mala noticia. Sabes, estos últimos meses no fueron muy buenos para el diario, hemos perdido gran cantidad de ingresos y las ventas han disminuído considerablemente.
Señor, pero... dijo Gabriel
Por consiguiente -continuó Almaguez como si no lo hubiese escuchado- me he tenido que ver obligado a tomar ciertas determinaciones, entre las que se encuentra la de reducción de personal. Por eso te mandé llamar, para informarte que vamos a tener que despedir a algunos redactores, entre los que se encuentran los de la sección política.
Entiendo señor, respondió Gabriel, tan sumiso como confundido.
Te lo informo para que nada se dé por sorpresa y vayas planeando el trabajo de la sección ahora que vamos a tener que prescindir de algunos empleados. Ahora Almaguez parecía mas serio de lo normal.
Ahora Gabriel estaba sorprendido doblemente. Si el periódico estaba tan mal, cómo era posible que el director se costease viajes tan costosos de vacaciones, a dónde fue el dinero que entró con los auspiciadores, de qué manera la esposa de Almaguez pasó las vacaciones en un crucero, tal como salió publicado en la página de sociales de Acción 20. Además, las palabras del director habían sonado muy fuerte, incluso Gabriel temía ser parte de una próxima purga. Tocado por la ingrata información, y aunque lo pensó más de dos veces, quiso asegurarse y preguntó luego de un largo silencio. Señor Almaguez.
Dime, Gabrielito, respondió el director que ahora parecía más calmado.
¿El despido incluirá a los editores?, dijo Gabriel muy tímido.
Jaja -respondió con una risotada Almaguez, que pareció remover los cimientos del viejo local de Acción 20 por un momento- sabía que me preguntarías eso, me las olía. Ahora Gabriel estaba ruborizado como un niño, aunque no menos preocupado. No te preocupes, estoy contento con tu trabajo, no cometería el error de dejar ir a un talento como tú. Tu tranquilo, Gabrielito, sigue laborando tranquilo y vamos para adelante, evocó Almaguez, optimista.
Gracias, señor. Permiso, sólo atinó a decir Gabriel y salió de la oficina.
Esa noche, llegó a su departamento más tranquilo que nunca. Al menos Almaguez siempre había sido un hombre de palabra, pues recordó que cuando le pidió un pequeño aumento, él se lo prometió. A los pocos días, Gabriel recibió la noticia de boca del propio director, el aumento no sería pequeño, sino más bien sustancial. Por tu dedicación, le dijo aquella vez Almaguez. Y esa era la razón más fuerte por la que Gabriel confiaba en su palabra.

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Dos días después de la ejecución de los despidos, Gabriel experimentó el riguroso trabajo que se avecinaba. A pesar del cansacio, continuaba tomando las mismas pastillas para dormir, ya se había convertido en una adicción más que en solución. Aunque razones no le faltaban, pues Raquel no lo llamaba hace una semana y el tampoco se atrevía a hacerlo por temor a la reacción de Anthony.
El fin de semana, la atención del país estuvo centrada en el partido del seleccionado nacional, por lo que Gabriel pudo tomarse el domingo; sin embargo, le pareció algo extraño por ser la política una sección que casi nunca tiene descanso. Y aunque el deseo de quedarse en casa descansado y esperar el inicio del partido, aceptó la invitación de Raquel -que volvió a llamar por la mañana- para conversar. Es muy urgente, tal como lo dijo ella.
Se citaron en un café, no era ocasión precisamente para cenar. A pesar de ello, Raquel vestía pomposa, tan elegante como si fuese a una fiesta. Estaba extraordinariamente bella. Como nunca Gabriel la había visto antes, en vestido celeste -color que le encantaba a Raquel- y zapatos blancos. Sin ánimos de hacerle preguntas, la invitó a tomar asiento. Ella estaba aún extrañamente callada. El saludoo sólo fue un beso en la mejilla tan fugaz que ni Gabriel pudo oler su pelo como tanto le gustaba. Parecía molesta. El quiso despejar las dudas.
¿Pasa algo malo, Raquel?, ¿hice aglo que te molestara?, extrañado y asustado. Ahora Gabriel parecía rendido a sus pies.
Ella movío la cabeza, negándolo. Casi empezando a llorar aunque se contenía.
No puedo explicartelo más aunque quisiera, siento que me va a matar el dolor -empezó a hablar Raquel. Gabriel sin entender nada- sé que me odiarás el resto de tu vida, sé que nunca podrás borrarte el daño que te hice tan cobardemente. Pero por encima de todo recuerda que te amo, Gabriel. Te amo con toda mi alma.
¡Habla, por favor!, dijo Gabriel angustiado, ahogando forzadamente la voz para que no le escuchasen en las otras mesas.
Anthony y yo nos vamos mañana a Massachusetts. Ha conseguido un traslado en su empresa para irse a trabajar y yo tendré que ir con él.
Gabriel la miraba sorprendido, con la mirada profunda. Y en la mente las palabras de Raquel; y yo tendré que ir con él, y yo tendré que ir con él.
¿Por qué, Raquel?, ¿por qué, acaso no me amas? -desbordado, ahora el volumen de su voz no parecía importarle a Gabriel, que ahora con mirada demencial escondía el más profundo sentido de decepción dentro de él- ¿acaso hay un motivo para que hagas esto? -ahora era un mar de preguntas- ¿acaso soy para ti un juego?, ¿acaso pasó algo que yo no sepa?
Sí -replicó Raquel, casi imperceptible- estoy embarazada. Estoy embarazada de ti.
Gabriel no cambió, todo era tan inesperado que ya nada lo sorprendía. Sin embargo, recobró algo de sobriedad para preguntar. Una vez más.
¿Y por qué no se lo dices?, la voz muerta, los ojos disueltos.
Porque no puedo, Gabriel, porque no puedo quedar como una cualquiera delante de Anthony, de mi familia y de todos.
No podía entender Gabriel nada. Se quedó detenido. Estaba hastiado de las respuestas absurdas de alguien que parecía decidida a todo por él, de alguien por quien se sintió por primera vez realmante amado de una manera transparente.
Casi inconcientemente se puso de pie, alcanzó apenas a escuchar unas palabras de Raquel, nada más. Se sentía, un cobarde, un maricón, por llorar por alguien a quien la razón y el amor le dieron la aceptación. Vaya dilema. Ni siquiera los axiomas más materialistas podían menguar el odio compulsivo y la decepción vestida de rabia. Llamó a Brice, un viejo amigo del colegio. De quien se alejó, por una naciente adicción a las drogas que el descubrió y que los padres de Brice siempre ignoraron. Sólo una vez aceptó un paquete de coca que, entre risotadas por la alucinación, Brice le obligó a aspirar. Ahora necesitaba sentirse como en aquella vez, despreocupado, olvidadizo y risueño. Aún conservaba el eterno número telefónico de la casa de Brice, tomó un vaso con agua para disimular la vergonzosa voz post-llanto y marcó.
Buenas noches, con Brice Fuentes por favor, dijo, antes de que escuchara a la otra persona que contestó del otro lado.
Con él habla, ¿de parte?. Replicaron del otro lado. Por suerte, era él, Brice.
Soy yo, Gabriel, Gabriel de Orellana.
Oe, huevón, ¿qué tal hermano, qué ha sido de tu vida?, dijo Brice, que parecía contentó de escuchar a Gabriel.
Bien, bien, hermano, trabajando -respondió Gabriel sin muchas ganas, como siempre- necesito merca, hermano, ¿cómo es?, dijo Gabriel, apurado..
Ya, ya, esta bien, suave nomás, huevón, estoy en mi casa, aca hay que estar chitón nomás. Mira hermano, nos encontramos en la esquina de la avenida Faucett y Venezuela. ¿Tienes caña, no?, dijo Brice, hablando lo mas bajito que pudo.
No, no tengo todavía, si pasas por mi casa te pago más, propuso Gabriel.
¿Por dónde estás?
¿Te parece si nos encontramos en Plaza San Miguel, en la tienda deportiva?, dijo Gabriel, brindado una mejor opción, resignado.
Listo, hermano. ¿Para ti o te vas a pichanguear con tus patas?, dijo Brice como queriendo acabar la conversación de una vez.
Para mí nomás. Nos vemos en media hora, dijo Gabriel y colgó sin despedirse.
Cansado pero acostumbrado a esperar, Gabriel aguardó varios más de lo previsto, hasta que apareció Brice. Tan rollizo como siempre, aunque ahora se había dejado algo de barba.
Vamos a otro lado, indicó Brice.
Casi al lado de los parques, en un lugar muy oscuro y raramente concurrido, Brince le entregó el paquete, envuelto en un pedazo de páginas amarillas. Son 10 cocos, dijo Brice. No era este el momento para evaluar precios, no era esta precisamente la sección de negocios de Acción 20.
Gracias, hermano, nos vemos, dijo Gabriel mientras se iba.
Aguanta un toque, ¿no quieres que te jale?, mira que este barrio es bien pendejo y te pueden poner si te ven así todo tiza.
¿Estás con carro?, preguntó Gabriel, que no pensó que Brice hubiera venido en su propio vehículo.
Claro, pues, está acá en la cochera del sótano.
Fueron hacia la entraba de un tunel que parecía enterno. Brice entregó su ticket al portero, Quien rutinariamente dijo, Nivel 3. Unidad 43. Gracias por su preferencia.
Subieron por una escalera contigua y llegaron al nivel 3. Se acercaron a un Ford amarillo, reluciente. Para que veas que el negocio no anda mal, dijo Brice y sonó una risa infernal que el eco devolvió.
¿Y cómo haces para explicarle tus gastos a tus viejos?, preguntó Gabriel.
Le digo que estoy en negocios con unos gringos que conocí en la universidad. Mi vieja no me dice nada y contenta, bien que se sube. Mi viejo si no es tan cojudo y ya he tenido que meterle bastante floro para que me crea. Pero siempre desconfía el huevón.
La camioneta corría finísima por las desgastadas pistas del distrito. Acá en esta esquina es, dijo Gabriel, indicándole con un dedo la ventana de su habitación en el segundo piso.
Ya sabes, cualquier cosa un fonazo y te traigo tu merca listecita, pero con tiempo y chitón nomás, hermano, dijo Brice.
Gracias, atinó a decir Gabriel antes de que lo viese partir.
Buen provecho, replicó Brice antes de soltar al viento otra carcajada desmedida.

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Al día siguiente, Gabriel despertó casi al mediodía, sentía la cabeza explotar por la terrible resaca que empezaba a sentir. Zombi, se puso de pie para ver la hora y se puteó a sí mismo. El era el editor y era imposible faltar. Llamó a Almaguez para explicarle, tal vez un fuerte dolor de cabeza o un accidente serían una buena excusa. Nadie contestó, el teléfono de la oficina del director solo timbraba y timbraba sin fin.
Gabriel volvió a la cama, sentía su cuerpo explotar y la cabeza ausente. No tenía hambre y aunque pensó por un momento en pedir una pizza, desistió.
Todo el día lo pasó en la cama, postrado. Sólo despertó a la noche para ver los noticieros y los programas políticos. Se acostó temprano y puso la alarma para asegurarse de despertar temprano.
A la mañana del martes despertó ojeroso. No tuvo ganas de ir nuevamente, pero su obligación pesaba aún más y él no estaba dispuesto a perder el dinero y prestigio ya ganados solo por una mañana pesada luego de una resaca coquera.
Cuando entró al diario notó un ambiente enrarecido. Todos lo miraban. Debe ser la cara fatal de resaca que tengo, pensó Gabriel. Sin embargo, en todo el trayecto no se topó con nadie conocido. Parecía el diario lleno de practicantes, esa gente nueva con ansias de experiencia y nombre a la que él perteneció alguna vez. Fue cuando entonces volteó con aire distraído la mirada para ojear el mural de la entrada a la sección política. Con algo más de atención ahora leyó.
POR DISPOSICION DE LA ALTA DIRECCION DEL DIARIO ACCION 20 SE HA TOMADO LA DECISION DE NO SEGUIR CONTANDO CON LOS SERVICIOS DE LAS SIGUIENTES PERSONAS.
Luego del escaso párrafo introductorio, Gabriel continuó leyendo. Entre el interminable listín se incluían nombres de compañeros conocidos por Gabriel: Gerónimo Roseznik, Arturo García, Alejandro Behr, Manuel Laínez. Manuel Laínez, el editor de internacionales tambin estaba despedido. Esto comenzó a preocupar a Gabriel, luego le invandió el miedo, hasta encontrar casi al final de ese papelote inmenso las primeras palabras que aprendió a escribir cuando junto a mamá adquiría sus primeros conocimientos cuando todo era felicidad en la familia: DE ORELLANA JAUREGUI, GABRIEL.
Casi y sintió que el mundo se le venía abajo, ¿a él, al editor de la sección política, a la pluma más influyente del periodismo político nacional, al periodista más destacado de Acción 20 lo estaban despidiendo?.
Raudo e indignado, casi fuera de sus cabales, se dirigió a la oficina de Almaguez para exigir una explicación. Tocó y tocó, ensayando en su mente las palabras precisas con las que defenderse e increpar esta falta de respeto a su fructífera trayectoria. La puerta se abrió, pero no era Augusto Almaguez, sino Rubén Marín, ¿que hacía ahí el corrupto de Marín?, pensó. Rubén Marín era el gerente del diario, estaba acusado de recibir dinero del gobierno en favor de Acción 20 para brindarle mediante editoriales el apoyo incondicional al mandato del presidente Saucedo, recientemenete electo.
Pase, señor De Orellana, con usted debía hablar, dijo Marín como de mala gana, como si tuviese que tomarse el mal gusto de explicarle a un empleado el porqué de su salida. Así era Marín, omnipotente y creyéndose ampliamente superior a los demás, porque tal como él lo decía ¿está claro, no?. Ruben Marín era gordo, pero descomunalmente gordo, llevaba lentes y sus ojos eran tan imperceptibles como su cuello. Tenía una mancha en el rostro que no parecía querer ocultar.
Seamos director, señor De Orellana, el tiempo apremia y necesito ser breve, ¿está claro, no?, siempre altivo Marín.
Sea todo lo claro que quiera pero déme razones lógicas y contundentes, replicó Gabriel como ignorando las advertencias del voluminoso gerente.
Hemos decidido junto a toda la alta dirección de Acción 20 -protocolar, ceremonioso el gordo Marín- la reducción del personal del diario y la posterior renovación por razones de orden presupuestal.
Pero a mí el señor Almaguez me dijo que no había problema alguno con mi trabajo. Que a pesar de los despidos yo continuaría trabajando en el diario, replicó Gabriel sorprendido. Una vez más.
No lo creo así, señor De Orellana -Gabriel odiaba cuando pronunciaba su apellido de forma irónica- el mismo señor Augusto Almaguez me confirmó su despido.
Ahora estaba completamente indignado. Almaguez, el mismo que le recomendó que no se preocupara, en quien confió ciegamente, lo había traicionado. Estaba ahora todo más que claro. Almaguez y Marín estaban expresamente coludidos con el presidente Saucedo y estaban deshaciéndose de todo aquel que denunciara los atropellos del gobierno. Por eso el despido fue masivo pero selectivo, a los redactores y editores saucedistas ni los tocaron. Y él, franco opositor de Saucedo no podía salvarse. Ni siquiera sus méritos podían salvarlo. Gabriel lo entendió, cualquier disputa era en vano. Se dipuso a salir y cerró la puera, lo normal para no demostrar su rabia, que había logrado vencer a su orgullo.
Se había acostumbrado a la frustración, a la resignación. La resginación se perdona con el exceso pensó alguna vez hace muchos años. A la entrada de la casa encontró una tarjeta. Era de Raquel, parecían saludos, perdones y frases de amor. No la leyó, la rompió en el acto. Pasó la tarde aspirando la coca que no pudo acabar aquella noche en que se la compró a Brice y ya por la noche el insomnio se juntó a la depresión fatal de la coca. Cogió el frasco de la mesa de noche, aquel que le había recomendado Alejandro Behr, el joven redactor en quien se veía reflejado. No reparó en vaciar el depósito, sacó las cápsulas, eran interminables, espacidas en la cama. Tomó todas las que pudo con la mano y las bebió con un vaso enorme de agua.
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A la mañana siguiente, Gianella compró un ejemplar de Acción 20 como la hacía todos los días religiosamente para leer los artículos de Gabriel. Leyó los titulares, le parecieron absurdos y sensacionalistas, vendidos todos al gobierno saucedista. Ya casi en las páginas finales, en un recuadro a blanco y negro leyó incrédula. GABRIEL DE ORELLANA, DESTACADO PERIODISTA NACIONAL SE QUITA LA VIDA EN SU DOMICILIO.

Gris

Todavía recuerdo esa melodía que mis oídos lograron conocer pero no repararon en recordar. ¿Y por qué ahora que volvió a mí, por qué ya no estás?

Es el más mortal veneno el sabor de tus lágrimas y el más agrio bocado la razón de mi esperanza. ¿Tú volverás al volver a verme?. Como si todavía frente al mar estuvieramos en una más. Una de las grises tardes frías de verano.

No necesito la explicación infantil encriptada en el aluminado brillo de tu pupila. Es más bien providencial, una largo día de silencio para olvidar.


El juego de azar es el símil de nuestra historia y la mácula perenne de un tiempo perdido.

No necesito tus besos para sentirme frenético, no necesito tu abrazo para intentar ignorar un amor pegado a la pared a presión. No necesito verte llorar, para saber que nunca te iba a amar.