Talk Show

Fabián está solo en casa, ha pasado toda la tarde aburrido y sin deseos de realizar mayor movimiento que el acomodarse mejor en su cama. No tiene ganas de nada, pero el aburrimiento lo aturde y es mejor idear algo. Piensa en salir, hace poco estrenaron una película que le interesaría ver de pura curiosidad. Llama a Juan Manuel, su mejor amigo del colegio. Timbra, nadie contesta. De seguro salió con sus papás. Piensa en llamar a Roxana pero no se atreve, ya hace seis meses que juraron dejarse de hablar luego de una fuerte discusión en la que dejaron en claro su rencor.

Sin mayor alternativa, decide ir solo. Hace tanto frío que decide poner la terma a una temperatura muy alta. No tarda mucho en cambiarse y salir. Sus padres están casa de una tía. Le pidieron ir, pero a Fabián le pareció algo perfectamente detestable y hubiese preferido mil veces quedarse dormido en casa que oír las absurdas conversaciones de tía Norma.

Le toma media hora en llegar al Parque Riera en Miraflores. Como era de esperarse, no era mucha la gente paseándose a esas horas. Había llegado el Otoño y para cualquier limeño era la peor época del año para salir a caminar frente al mar.

Presuroso llega al cine y pide una entrada. La película ya había empezado. Busca un lugar en al final y se acomoda junto a su gaseosa y su vaso de pop corn. Era una película sobre extraterrestres, un hombre iba en busca de su pasado, aparentemente fuera de este planeta y en su trayecto se cruza con eventos paranormales. A Fabián le pareció desde el primer momento una historia estúpida y sintió que había regalado su dinero. Indignado y con menos dinero de lo previsto, Fabián abandonó la sala a mitad de la película. El frío seguía igual de inclemente afuera, así que decidió ir a tomar un café. El local estaba abarrotado, había gente parada porque la totalidad de las mesas estaban llenas. Fabián pidió un capuchino y una torta de chocolate.

Casi en la última mesa, una pareja terminó sus cafés y se fueron. Fabián suspiro al fin aliviado de encontrar un lugar donde sentarse a tomar tranquilamente su café, sin que notara que una chica ya estaba sentada allí y había ocupado una de las sillas. Fabián sintió algo de vergüenza, pero su abatimiento y sus ganas de beber el café pudieron más.

- Hola, disculpa, ¿ puedo sentarme?.
-Claro, normal.


El capuchino estaba delicioso, era tal vez lo más dulce que había sentido ese día, sólo antes de mirarla, con algo de miedo, vergüenza y frío, sí mucho frío pero de vergüenza, ver sus cabello negro como viboreando sobre su piel alba y sus ojos cafés, no había visto nunca un cabello tan liso y atrayente. Ella vio que la estaba mirando y le sonrió. Fabián hizo lo mismo y pensó en hablarle.

-¿Vives por acá?
-Sí, bueno mas o menos, vivo por San Isidro. ¿Cómo te llamas?

-Fabián , ¿y tú?
-Annie.
-¿Annie?, manya, qué bonito nombre.

-Gracias, dijo ella sonriendo. ¿Y tú, donde vives?
-En Pueblo Libre.
-¿Cuántos años tienes?. Le pareció que ella bordearía los 16 pero no estaba seguro por lo que le preguntó.
-17 ¿y tú?
-17 también.


Sin que lo noten ya habían terminado sus cafés. Ella lo invitó a salir y él aceptó. Volvieron al parque, esta vez el frío no parecía importarle a Fabián, sentía como si se le hubiesen ido los sentidos, como si el único que le quedara fuera la vista para ver a Annie reír y decirle pícaramente y eternamente risueña “¿Por qué me miras tanto, eh?”. El no sabía que decirle: “Jaja, no se”, sin ocultar lo sonrojado que estaba y que a pesar de que le avergonzara, le permitiese ver sus sonrisa de nuevo.

Fabián y Annie se conocieron más, salieron cuatro veces como amigos hasta que en la quinta salida Fabián se propusiese algo cohibido y desbordadamente nervioso pedirle que sea su enamorada. Annie no dejó de sonreír esa vez ni por un instante, aunque ella estuviese también algo nerviosa.

La relación duró seis meses, durante los primeros tres meses todo iba genial, los detalles nunca faltaban y el amor jamás escaseó, menos aún las peleas: Fabián podía pasarse horas sin llamarla, los libros podían importarle muchas veces más, Annie no soportaba eso y muchas veces lo llamabas y le juraba que terminarían, cosa que no sucedía sin que pasados tres días olvidase la promesa y regresaran jurándose quererse más. Pero poco después de cumplir seis meses, el papá de Annie debía viajar a México por asuntos de trabajo, y no pensaba ir sólo, pues ya había decidido con la madre de Annie que continuaría la universidad allá. Fue un duro golpe para ellos, nunca imaginaron a pesar de las promesas furtivas de rompimiento que esto acabaría así. Fabián se sintió muy confundido, no había pasado largo tiempo pero había dejado toda su alma allí, nada podía salir mal. Pensó aturdido, volcó toda su decepción en Annie, la culpó de querer viajar y no evitar que la llevasen. Fabián y Annie terminaron una semana antes del viaje.

No fue a despedirla, ni siquiera quiso llamarla. Annie, estaba decepcionada, nunca se le hubiese pasado por la mente que en el momento más difícil recibiera la respuesta menos aliciente.

Fabián lloró, se sintió un cobarde ese sábado en la noche que no quiso ir a despedir a Annie. Pasaron algunas semanas, ya era un mes desde que Annie se fue a México y Fabián no la fue a despedir por una estúpida confusión.

Un jueves por la noche Fabián estaba en la computadora buscando libros de Truman, cuando el teléfono sonó. Su mamá le avisó que era Annie, cogió el anexo de su cuarto y contestó.

-¿Aló?-Hola, soy yo Annie
-Hola, ¿Cómo estás?
-Yo bien gracias ¿y tú?, ¿cómo estás Fabián?
-Sabes Annie discúlpame soy un idiota, nunca debí hacerte eso.
-Ya, olvídate ya pasó, tontito. Mira te doy el número de mi casa ya, espérame aquí lo tengo. Ay es que estos mexicanos tienen sus números recontra largos, jaja
-Jajaja, sí pues.


Habían vuelto a reír juntos, como lo hacían siempre cuando Annie estaba en Lima y podían sentir que el mundo era totalmente suyo. Le terminó de dictar el número de más de diez dígitos.

-¿Y como te va, Annie?
-No sabes, la universidad aquí es enorme. Estoy estudiando en la UNAM, es como la San Marcos allá, pero diez veces más grande.
-Asu, me imagino, que bacán
-Sí, algunos cursos son complicados, pero ahí me estoy adaptando. Oye Fabi te tengo que cortar, mi papá me está llamando porque tenemos que salir. Nos vemos, cuídate, te quiero mucho.
-Ya, tu también cuídate Annie, yo también te quiero.


A la semana siguiente Fabián recibió un correo de Annie, le contaba que la Ciudad de México era caótica, que se parecía mucho a Lima en eso, pero que la empresa de su papá les había puesto una casa muy bonita a las afueras de la ciudad. Le iba muy bien en la universidad y estaban a punto de becarla. Sin embargo, la relación con su papá había empeorado, siempre lo encontraba de mal humor y se dirigía a ella con rigor, nunca lo había visto así por lo que se sentía extraña y triste, parecía que el trabajo le hubiera cambiado a su papá porque ya no era tan dulce como antes. Annie terminó siempre despidiéndose con frases amorosas y jurándole contarle apenas tenga noticias de un viaje a Lima.

Fabián y Annie habían perdido conversación, ya no hablaban nada más que una vez al mes, hasta llegar a casi dos llamadas por año, Fabián ya no recibía correos de Annie a pesar que siempre le escribía, creyó entonces que había cambiado de correo o algo por el estilo. Tiempo después Fabián conoció en la universidad a Mariana, con la que se comprometió y tuvo un feliz matrimonio tiempo luego de un tiempo. Ya habían pasado ocho años y Fabián había borrado de su mente a Annie, o al menos eso creía.

Una tarde, en casa, se sintió extrañado, ¿por qué Annie nunca más lo llamó?, ¿por qué ni siquiera un correo electrónico?. Buscó entre un fólder con sus antiguos papeles de la universidad en los primeros ciclos y encontró el número de Annie, algo temeroso marcó el número, pensó que ya no existía o que se habría mudado a otro lugar con su familia, y por ende, cambiaría de número de teléfono.

Sorprendido, oyó el sonido del timbre del teléfono. Se sorprendió más aún de que alguien le contestase. Era una voz masculina, muy gruesa, lo reconoció: era el padre de Annie. Luego de saludarlo le preguntó:

-Buenas noches, señor disculpe que lo moleste, soy Fabián. Disculpe, ¿está Annie?
No oyó nada, por un largo rato el silencio se apoderó del auricular.
-Muchacho, Annie falleció hace ocho años, se fue de la casa muy molesta para Monterrey, dijo que estudiaría allá y que no nos quería ver más. Fue mi culpa, nunca debí tratarla tan mal, le dijo con una voz que denotaba su llanto.

Fabián colgó, no quiso saber más. Sólo sentía el mismo frío de esa tarde en que la conoció, la veía sonreir de nuevo. Una lágrima mojó su mejilla.



Tranquilo, jugador

Karl es un tipo totalmente negado al baile y a otras arte de índole danzante. Hoy ha salido raudo y no ha dejado recado alguno en casa. A pesar de eso, el objetivo de su salida es simplemente el dejarse llevar por el animoso juego del fulbito. Luego de abordar una combi con pasajeros apiñados y poco lejanos a una comparación grotesca con el transporte de ovinos, logra su cometido y llega al lugar del partido. Al parecer no hay nadie conocido más que un par de ladronzuelos fácilmente reconocibles. Karl no está dispuesto a afrontar nuevos atracos o funestas negociaciones, así que decide ingresar a una cabina de internet. No pasa largo rato hasta que decide abandonarla, se acerca al mostrador y cancela su media hora a una agraciada chica, piensa entonces que ese barrio no tan acogedor era poseedor de no pocos atractivos.

No es muy largo el tiempo que tarda en encontrar a sus amigos, quienes tanto como él están sorprendidos, pues no más de 4 chicos son los que los acompañan, el resto son chicas. "No pasa nada, creo que mejor nos quitamos". El desánimo no estaba ausente por ese entonces, salvo algunas aisladas excepciones. Pasados ya considerables minutos optan por entregarse a los embrujadores encantos de Baco y esta vez no hará falta pensar mucho pues rápidamente una de las chicas ofrece su casa y es cuando deciden no dejar pasar lo que esa noche promete.

A pocas cuadras de aquel lugar está su casa, no parece un lugar muy amplio pero es más que suficiente para que quepan una botella de ron y una gaseosa que la acompañe. No tardan en mezclar los líquidos magnificantes del éxtasis y empezar a beberlos con la vista. En cuestión de minutos el ron ya era historia, Karl y un amigo salieron a comprar a la tienda, al volver ya habían emepezado a bailar. Karl sacó a bailar a Estrella, no era alguien quien lo atrajese en la sobriedad, pero el alcohol y el notar que al menos no estaba tan mal como su amiga le dieron carta libre. Sólo tuvo que ser mínimamente procaz para que Estrella permitiese la preponderancia del imperante alborozo y su alboroto endocrino. Karl no dejó nada a la deriva, pudo tocarla como quiso y cuanto quiso sin apreciar mayor resistencia que una ínfima conciencia de fidelidad. En fin, era el momento y la noche justa en que todo parecía estar permitido.

Momentos después de que Karl recibiese un beso, algunos caricias y otros regalos carnales de su furtiva pareja de baile, recibió el llamado de la amiga de Estrella, de quien precisamente se había alejado ya hacía rato por su gracia poco ortodoxa. Bueno, no importaba, el atractivo ahora era bailar y comprobar si realmente los dotes para la danza que estaba descubriendo en él no eran ficticios. No pudo sentir nunca antes una mujer tan puta, Vanessa estaba notablemente desbordada y no dudaba un segundo en rozar a Karl, sin advertir que esto podría recargarlo de sobremanera, Karl no tardó en tener una erección y permitirse incidir en el affaire. Sentía la respiración y cada suspiro de Vanessa en cada paso, hasta que llegó el momento en que pudo permitirse introducir su mano allí, adelante debajo del pantalón y su braga para humedecerlo, nuevamente no recibió más reproche que un hábil mohín de desentendimiento de ella al terminar la canción.

La estancia se interrumpió a pedido de la madre de Vanessa, así que todos decidieron despedirse prometiendo repetir aquella atribulada jornada. Pero obviamente, y por desdén de las bondades del alcohol, la noche no había terminado aún para Karl. Junto a Joe, quien compartía sus ganas por alargar el itinerario, partieron rumbo a la parada final: El malecón Varela, al final de la avenida principal. El dinero no era abundante pero las ganas no eran pocas, Joe llamó a Martín, uno de sus primos y los tres emprendendieron hacia el malecón.

Un conglomerado de discotecas iluminaban un viejo malecón, tuvieron que discutir un momento para decidir si entrar o permanecer afuera hasta encontrar unas tres chicas que con quien compartir baile, gastos y probablemente muchas otras cosas. Pasada una hora llegaron tres chicas que les agradaron, tras preguntarles si deseaban acompañarlos y conversar un rato decidieron ingresar a una discoteca. Martha, Johana y Marissa eran sus nombres. Karl prefirió conversar con Marissa, le pareció la más callada y tímida de las tres. Martha era alta y muy habladora, parecía que sólo cuando bebía de su vaso de cerveza callaba, mientras que Johana no era tan alta, pero no menos espontánea, al parecer lo exhuberante de su figura había atraído desde el comienzo a Joe.

Mientras los demás hablaban sobre cosas sin importancia y preguntaban en dónde estudiaban o a qué se dedicaban, Karl y Marissa estaban levemente al margen, no hablaban sobre sus ocupaciones, porque había bastado sólo los minutos que conversaron fueran para conocerse mucho. Sin embargo, poco después ya en confianza Marissa le contó que vivía en Arequipa, ya hace unos años había venido a Lima para estudiar la secundaria, en casa estaban su abuela y su hermana menor, con las que no guardaba buena relación pues la obligaban a realizar todas las tareas en casa y muy a menudo la golpeaban, a pesar de eso Marissa las quería y repetía casi constantemente que "la situación para su abuela era muy difícil, había tenido que cargar con ella y su hermana luego de que los papás de Marissa fallecieran en un accidente". Los años habían sido muy duros, incluso ella había tenido que trabajar por un tiempo.

A Karl le pareció que Marissa era totalmente diferente, no había escuchado algo así, él nunca había querido a su padre, al menos eso notaba y sentía constantemente, le parecía un tipo burdo y que buscaba en el cosas imposibles, presionándolo a ser un hombre abusivo y autoritario como él. Sólo se permitieron bailar una canción antes de que Martha le dijese que debían irse, si no llegaban temprano a casa de Marissa su abuela se enojaría con ella, incluso podría gritarle y golpearla, se depidieron y salieron raudamente, Marissa se despidió de Karl y le dijo que le había gustado mucho conocerlo, lamentaba mucho no poderle darle un teléfono porque si su abuela la descubría podría castigarla. Karl le había contado lo mucho que amaba escribir, por lo que ella al irse le hizo un pedido: "Cuando puedas escribele algo a tu papá, él tal vez te entienda de esa manera".

Ese día Karl llegó a su casa al amanecer, la puerta estaba trancada y prefirió quedarse afuera a pesar del frío, no dejaba de pensar en las palabras de Marissa.