Tranquilo, jugador

Karl es un tipo totalmente negado al baile y a otras arte de índole danzante. Hoy ha salido raudo y no ha dejado recado alguno en casa. A pesar de eso, el objetivo de su salida es simplemente el dejarse llevar por el animoso juego del fulbito. Luego de abordar una combi con pasajeros apiñados y poco lejanos a una comparación grotesca con el transporte de ovinos, logra su cometido y llega al lugar del partido. Al parecer no hay nadie conocido más que un par de ladronzuelos fácilmente reconocibles. Karl no está dispuesto a afrontar nuevos atracos o funestas negociaciones, así que decide ingresar a una cabina de internet. No pasa largo rato hasta que decide abandonarla, se acerca al mostrador y cancela su media hora a una agraciada chica, piensa entonces que ese barrio no tan acogedor era poseedor de no pocos atractivos.

No es muy largo el tiempo que tarda en encontrar a sus amigos, quienes tanto como él están sorprendidos, pues no más de 4 chicos son los que los acompañan, el resto son chicas. "No pasa nada, creo que mejor nos quitamos". El desánimo no estaba ausente por ese entonces, salvo algunas aisladas excepciones. Pasados ya considerables minutos optan por entregarse a los embrujadores encantos de Baco y esta vez no hará falta pensar mucho pues rápidamente una de las chicas ofrece su casa y es cuando deciden no dejar pasar lo que esa noche promete.

A pocas cuadras de aquel lugar está su casa, no parece un lugar muy amplio pero es más que suficiente para que quepan una botella de ron y una gaseosa que la acompañe. No tardan en mezclar los líquidos magnificantes del éxtasis y empezar a beberlos con la vista. En cuestión de minutos el ron ya era historia, Karl y un amigo salieron a comprar a la tienda, al volver ya habían emepezado a bailar. Karl sacó a bailar a Estrella, no era alguien quien lo atrajese en la sobriedad, pero el alcohol y el notar que al menos no estaba tan mal como su amiga le dieron carta libre. Sólo tuvo que ser mínimamente procaz para que Estrella permitiese la preponderancia del imperante alborozo y su alboroto endocrino. Karl no dejó nada a la deriva, pudo tocarla como quiso y cuanto quiso sin apreciar mayor resistencia que una ínfima conciencia de fidelidad. En fin, era el momento y la noche justa en que todo parecía estar permitido.

Momentos después de que Karl recibiese un beso, algunos caricias y otros regalos carnales de su furtiva pareja de baile, recibió el llamado de la amiga de Estrella, de quien precisamente se había alejado ya hacía rato por su gracia poco ortodoxa. Bueno, no importaba, el atractivo ahora era bailar y comprobar si realmente los dotes para la danza que estaba descubriendo en él no eran ficticios. No pudo sentir nunca antes una mujer tan puta, Vanessa estaba notablemente desbordada y no dudaba un segundo en rozar a Karl, sin advertir que esto podría recargarlo de sobremanera, Karl no tardó en tener una erección y permitirse incidir en el affaire. Sentía la respiración y cada suspiro de Vanessa en cada paso, hasta que llegó el momento en que pudo permitirse introducir su mano allí, adelante debajo del pantalón y su braga para humedecerlo, nuevamente no recibió más reproche que un hábil mohín de desentendimiento de ella al terminar la canción.

La estancia se interrumpió a pedido de la madre de Vanessa, así que todos decidieron despedirse prometiendo repetir aquella atribulada jornada. Pero obviamente, y por desdén de las bondades del alcohol, la noche no había terminado aún para Karl. Junto a Joe, quien compartía sus ganas por alargar el itinerario, partieron rumbo a la parada final: El malecón Varela, al final de la avenida principal. El dinero no era abundante pero las ganas no eran pocas, Joe llamó a Martín, uno de sus primos y los tres emprendendieron hacia el malecón.

Un conglomerado de discotecas iluminaban un viejo malecón, tuvieron que discutir un momento para decidir si entrar o permanecer afuera hasta encontrar unas tres chicas que con quien compartir baile, gastos y probablemente muchas otras cosas. Pasada una hora llegaron tres chicas que les agradaron, tras preguntarles si deseaban acompañarlos y conversar un rato decidieron ingresar a una discoteca. Martha, Johana y Marissa eran sus nombres. Karl prefirió conversar con Marissa, le pareció la más callada y tímida de las tres. Martha era alta y muy habladora, parecía que sólo cuando bebía de su vaso de cerveza callaba, mientras que Johana no era tan alta, pero no menos espontánea, al parecer lo exhuberante de su figura había atraído desde el comienzo a Joe.

Mientras los demás hablaban sobre cosas sin importancia y preguntaban en dónde estudiaban o a qué se dedicaban, Karl y Marissa estaban levemente al margen, no hablaban sobre sus ocupaciones, porque había bastado sólo los minutos que conversaron fueran para conocerse mucho. Sin embargo, poco después ya en confianza Marissa le contó que vivía en Arequipa, ya hace unos años había venido a Lima para estudiar la secundaria, en casa estaban su abuela y su hermana menor, con las que no guardaba buena relación pues la obligaban a realizar todas las tareas en casa y muy a menudo la golpeaban, a pesar de eso Marissa las quería y repetía casi constantemente que "la situación para su abuela era muy difícil, había tenido que cargar con ella y su hermana luego de que los papás de Marissa fallecieran en un accidente". Los años habían sido muy duros, incluso ella había tenido que trabajar por un tiempo.

A Karl le pareció que Marissa era totalmente diferente, no había escuchado algo así, él nunca había querido a su padre, al menos eso notaba y sentía constantemente, le parecía un tipo burdo y que buscaba en el cosas imposibles, presionándolo a ser un hombre abusivo y autoritario como él. Sólo se permitieron bailar una canción antes de que Martha le dijese que debían irse, si no llegaban temprano a casa de Marissa su abuela se enojaría con ella, incluso podría gritarle y golpearla, se depidieron y salieron raudamente, Marissa se despidió de Karl y le dijo que le había gustado mucho conocerlo, lamentaba mucho no poderle darle un teléfono porque si su abuela la descubría podría castigarla. Karl le había contado lo mucho que amaba escribir, por lo que ella al irse le hizo un pedido: "Cuando puedas escribele algo a tu papá, él tal vez te entienda de esa manera".

Ese día Karl llegó a su casa al amanecer, la puerta estaba trancada y prefirió quedarse afuera a pesar del frío, no dejaba de pensar en las palabras de Marissa.

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