Humberto, el ariete

Se derraman infinitas a la poca sed del banco de concreto por ellas. Nunca imaginó que esto acabaría así, de esta manera, tan fría, tan humillante. Ya nadie lo recordaría o, lo que es peor, nadie se esforzaría en hacerlo. Se desenfunda esa 9 que ya quisiera desgarrar de la ira y la suelta con violencia contra el piso polvoriento. Es el camerín local de la Cancha de los Muertos en Chorrillos y Humberto ha vejado ese mandil que lo supo prestigiar.

Siente que la deshonrado, siente que se ha deshonrado, mientras sigue soltando esas lágrimas tan impropias para un vigoroso hombre de área. No hay nadie, hizo la última finta de su carrera para evadir a los compañeros y hacerles pensar que ya se había ido. Dicen que aquí penan, pero eso no le importa. No le importa estar solo una vez más, si esta tarde lo estuvo frente al arco un millón de veces y su diestra querida le falló, o no sé. Esta vez sus compañeros no lo habían reprendido, y eso era peor. Ya se iban acostumbrando a su debilidad, a su falta de decisión para pegarle y escupirle luego un grito de gol al sol cegador.

Abre su maletín y la busca para encontrar un poco de compañía. La conoció hace poco en su barrio del Callao; y aunque le tuvo miedo al principio, terminó por refugiarse en ella. Pensó que era cierto que con ella uno podía sentirse más seguro, y ahora más que nunca necesitaba estarlo. La pega a sus fosas nasales sin titubeos y, al fin, aprisiona. Algunas gotas de sangre se escurren del banco de concreto.