
Era la noche de un sábado aburrido. La tarde había sido entregada a observar un insulso partido del torneo de fútbol local; luego, fui con un amigo de la pre a jugar Play Station 2 en una atiborrada galería de Lince.
Al regreso, la mala fortuna pareció ensañarse con mi jornada, pues el colectivo en donde viajaba sufrió un repentino desperfecto y tuvo que detenerse. Un chofer con la camisa de algodón celeste tan manchada de grasa como sus manos, tuvo que resignarse a la pausa, así que los pasajeros bajamos ofuscados, para luego casi mecánicamente reclamar nuestros pasajes. No faltó el pilluelo que requirió su dinero sin haber pagado siquiera. Dada la hora no me quedaba más remedio que empezar a caminar.
Los pies pedían descanso inmediato. Había bajado en un antiguo jirón, de esos que decoran sus lados con pintorescos afiches de papel; las veredas estrechas y la pista quebrada bañada por orines.
Una luz fosforescente en medio de la penumbra descartaba el aspecto desierto de aquella calle cercana al jirón Quilca, aquella arteria que cobija a desaforados rebeldes y excéntricos punks. Un iluminador de neón serpenteaba el improvisado zaguán de un local que en pasados años tienda fue, mientras un tipo ataviado como para matrimonio esperaba impávido la llegada de algún habitual parroquiano. Cruzo hacia la otra acera con intención de curiosear desde fuera y una inerte tela roja me cubre por completo la visión, sólo se puede notar que casi al lado un hombre calvo y una mujer semidesnuda conversan. Era, en definitiva, la primera vez que la curiosidad había exacerbado en mí el morbo por conocer desde adentro un club de la noche. Y como si argumentos me faltasen para entrar: mi casa estaba aún muy lejos y tomarme un pequeño descanso era menester en aquel momento, aunque me deshiciese tal vez de varios soles en aquella incursión.
"Buenas noches, caballero, bienvenido a Bamboo, ¿busca alguna chica en especial?", saludó el hombre de la entrada. Me pareció extraño el nombre del club: "Bamboo", pues estaba habituado a toparme con algunos avisos en el diario que titulaban sus beneméritas casas del relax con exóticos nombres de mujer.
"No, es la primera vez que vengo, ¿hay que pagar algo para entrar?", pregunté presuroso, pues debía procurar no gastar desde el inicio como futbolista peruano el primer día libre luego de la quincena. El encargado movió la cabeza negativamente y me invitó a pasar. Sin que yo lo pidiese se me acercó una mujer baja, de pelo ondulado, piel clara, ojos brillantes y abdomen regular, traía botas y un conjunto de ropa interior diminuto, me saludó de la manera más cariñosamente lasciva, que rozó en cierta manera con lo grotesco. "Hola, bebé, ¿es la primera vez que vienes?". "Ajá", respondí al instante, al tiempo que me preguntaba al oído por mi nombre, yo hice lo mismo. Los nervios me mataban un poco al comienzo, pero se iban diluyendo.
"Los pedazos de manzanadisparejos flotabanpor encima del licory una extraña sonrisa
de ella me asustó."Putamare, ¿y si me pepean?", pensé."
Se llamaba Cinthia, nombre demasiado bonito para una mujer sumida en aquel mundo. "¿Qué se van a servir?", dijo al acercarse un mozo alto y extremadamente delgado, vestido con camisa blanca y chaleco rojo, como hecho con la cortina rojísima de la entrada. Nada por ahora, gracias, respondí. "Permiso, señor", asumió, exhausto. Fue cuando Cinthia intervino y me explicó que obligatoriamente debía consumir alguna bebida, o ella tendría que retirarse de la pequeña mesa de plástico blanco en donde estábamos. Tuve que aceptar, por lo que a los pocos minutos llegó una descolorida jarra con sangría. Los pedazos de manzana disparejos flotaban por encima del licor y una extraña sonrisa de ella me asustó. "Putamare, ¿y si me pepean?", pensé.
No había que temer, al menos así parecía, pues ella bebió dos vasos con excesiva celeridad y confianza, dándome la inmediata impresión de que aguardaría por muchos otros clientes durante el resto de la noche. Ella cruzaba las piernas y parecía aburrida, por lo que para darle algo de sentido a mi visita empecé a hacerle preguntas: si estudiaba, en dónde vivía, por qué ya no vivía con sus viejos y tantas otras que parecieron nublarla. Ella replicaba con cosas como si tenía enamorada, si vivía cerca del club y si ya me había iniciado sexualmente. Pude saber que tenía 19 años -dijo- y vivía ya hace unos meses separada de sus padres.Sinceramente, el sabor de la sangría era demoníaco; sin embargo, ella la bebía como si fuese la más fina agua mineral. No obstante, el alcohol empezaba a trepar de a pocos y la 'charla' pasaba de verbal a física. Cinthia manejó la situación con destreza y supo satisfacer las incipientes necesidades de su cliente, sin que estas sobrepasen el límite tolerado. No me alcanzó el dinero para pedir otra jarra más, así que Cinthia regresó al lugar oscuro y fantasmagórico del que parecía haber salido y casi desapareció a la espera de otro parroquiano.
Ya casi cuando me disponía a salir, un hombre ya entrado en años me llamó desde la barra. Por su aspecto y porque todos parecían cumplir con exactitud sus órdenes, era aparentemente el dueño del local, a su lado estaba una mujer desaliñada, distinta a todas las que estaban en el local. Parecía ser su mujer esa señora con dientes de oro y cabellos chamuscados. El tipo me preguntó si era nuevo, a lo que respondí afirmativamente. Sorpresivamente me invitó a sentarme y a tomar unos tragos, a lo que accedí poco confiado. "Todo corre por cuenta de la casa, de paso miras el baile de la Naisha, esa charapa está fuerte", me propuso confidente el hombre, mientras soltó una risotada, a la que su mujer, que secaba algunas copas, no le tomó demasiada importancia.
Juro que no recuerdo más. Fueron 5 o tal vez 6 las copas de whisky que bebí por gracia del dueño en aquella barra apolillada y revestida con látex rosa. "¡Batida, carajo!", fue lo único que oí, en una conjunción de voces roncas masculinas y jadeantes femeninas. Casi por autorreflejo busqué desesperadamente la salida, que felizmente podía distinguirse por la bocanada de luz blanca que se adentraba. Al pisar las afueras, divisé una camioneta con serenos ávidos de levantarse en peso todo lo que pudiesen de aquellos locales. Con la velocidad de Ben Jhonson pude huir de la escena y escabullirme por una calle diminuta e imperceptible. "Era la tarde cuando el sol caía, la tarde cuando fuiste mía", se escuchaba una añeja canción que un borracho sonámbulo tarareaba. Sentado en la vereda quedé estupefacto. Tanto por la sorpresa de encontrar a mi fuga el amanecer, como por encontrar intactos mis bolsillos.

2 comentarios:
wooo!
1 en comentar haha!
sta wena la histori ok
cdt by Alexia
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