El día en que yo me muera ya está planificado, será justo antes de la medianoche y por eso ya tengo una serie de actividades a seguir con distraída rigurosidad:
Primero, muy por la mañana, decidiré recibir la pelota con mayor destreza, sin volver a pegarle tan horrible en diagonal al arco de la canchita jabonosa del barrio.
Más tarde nos iremos a la playa y volveré a sacar la cabeza por la ventana para tragar todo ese aire que tanto aborrezco ahora. Despeinarse tampoco importa.
Iremos a almorzar, abuelita, a ese restaurante de jirón Moquegua que pone esa música tan linda y antigua que tanto nos gusta mientras esparcimos nuestra salsa criolla por el arroz con pollo. Si quieres más tarde te compro el pan para el lonchecito, porque no creo que sea una buena idea que me des el huevo pasado con cucharita y sentado en tus piernas. Hoy están débiles y peso el cuádruple.
Abuelo, si quieres podemos perdernos en esta ciudad que tan pequeña se ve en el Google Earth que nunca conocerás. Tomamos cualquier micro en Tacna y nos bajamos en el lugar que me resulte más interesante; no importa si es a una cuadra de habernos subido o en el último paradero.
De ti tampoco me he olvidado, tío de la tímida complicidad. Esta vez te devolveré todas las incakolitas y postres diversos que de chico, y no tan chico, supe picarte con destreza. Gracias por esa frialdad que ahora conozco a la perfección, gracias por enseñarme a decir no.
Pero se hace de noche y es hora de cruzar el puente Atocongo, ¿verdad, tío aventurero? No vaya a ser que no vuelva a pasar la 73. Quiero pertenecer a esa bestia fantasmal que con 4 ruedas nos da un tour nocturno de esta Lima noventera en fin de semana. Quiero pasar por la casa Matusita en Wilson y me cuentes todas esas historias de fantasmas que de noche no me dejan dormir en la vieja cama de resortes. Y bueno, si no pasa la 73 y nos subimos a esas combis presurosas tampoco me enojo. Pero tengamos cuidado en el puente Santa Rosa, ¿sí?
Pero antes quiero esperarte frente a la universidad, princesita. Y morir de frío con placer, con estúpido y dulce placer. Quiero sorprenderte cada día con una tortita, una cosita que te preparé. Quiero que nos perdamos en la avenida del Ejército y nos perdonemos por unas horas en un parque de San Isidro. Quiero saber por qué escogimos el Jockey como primer lugar para vernos y por qué tuve que desaparecer de tu vida la última vez que no logramos encontrarnos. No quiero que llores, solo que me digas alguna vez que me quieras sin que yo te lo sugiera.
Y a ti, chiquita, de ti no me he olvidado. Te puedo hacer saltar sobre tu pequeña cama cuantas veces quieras y verte sonreír las veces que yo no pude. Quiero que tu pequeño mundo sea perfecto y no se macule con el de al lado. Perdóname por hacer esto, pero sé que algún día lo entenderás. Perdóname por dejarte solita y hacerte extrañar mis cosquillas. Te quiero mucho, mi danzarina.
Y perdónenme ustedes también por no haberles dicho alguna vez que, a pesar de todo, los quiero.
¿Y tú, negrito? Te seguiré dando motivos para que te rías de mí sin que yo me enoje. Me pondré nervioso a propósito para verte feliz de ganarme una vez más en el Play. “Siempre es así”, repites y yo sonrío con discreción y autocomplicidad. Quiero que caminemos millones de cuadras y yo intente equiparar tus hazañas. Quiero que soñemos cosas que nadie puede lograr. Quiero que esta noche te tomes una al polo por mí, hermanito.
Primero, muy por la mañana, decidiré recibir la pelota con mayor destreza, sin volver a pegarle tan horrible en diagonal al arco de la canchita jabonosa del barrio.
Más tarde nos iremos a la playa y volveré a sacar la cabeza por la ventana para tragar todo ese aire que tanto aborrezco ahora. Despeinarse tampoco importa.
Iremos a almorzar, abuelita, a ese restaurante de jirón Moquegua que pone esa música tan linda y antigua que tanto nos gusta mientras esparcimos nuestra salsa criolla por el arroz con pollo. Si quieres más tarde te compro el pan para el lonchecito, porque no creo que sea una buena idea que me des el huevo pasado con cucharita y sentado en tus piernas. Hoy están débiles y peso el cuádruple.
Abuelo, si quieres podemos perdernos en esta ciudad que tan pequeña se ve en el Google Earth que nunca conocerás. Tomamos cualquier micro en Tacna y nos bajamos en el lugar que me resulte más interesante; no importa si es a una cuadra de habernos subido o en el último paradero.
De ti tampoco me he olvidado, tío de la tímida complicidad. Esta vez te devolveré todas las incakolitas y postres diversos que de chico, y no tan chico, supe picarte con destreza. Gracias por esa frialdad que ahora conozco a la perfección, gracias por enseñarme a decir no.
Pero se hace de noche y es hora de cruzar el puente Atocongo, ¿verdad, tío aventurero? No vaya a ser que no vuelva a pasar la 73. Quiero pertenecer a esa bestia fantasmal que con 4 ruedas nos da un tour nocturno de esta Lima noventera en fin de semana. Quiero pasar por la casa Matusita en Wilson y me cuentes todas esas historias de fantasmas que de noche no me dejan dormir en la vieja cama de resortes. Y bueno, si no pasa la 73 y nos subimos a esas combis presurosas tampoco me enojo. Pero tengamos cuidado en el puente Santa Rosa, ¿sí?
Pero antes quiero esperarte frente a la universidad, princesita. Y morir de frío con placer, con estúpido y dulce placer. Quiero sorprenderte cada día con una tortita, una cosita que te preparé. Quiero que nos perdamos en la avenida del Ejército y nos perdonemos por unas horas en un parque de San Isidro. Quiero saber por qué escogimos el Jockey como primer lugar para vernos y por qué tuve que desaparecer de tu vida la última vez que no logramos encontrarnos. No quiero que llores, solo que me digas alguna vez que me quieras sin que yo te lo sugiera.
Y a ti, chiquita, de ti no me he olvidado. Te puedo hacer saltar sobre tu pequeña cama cuantas veces quieras y verte sonreír las veces que yo no pude. Quiero que tu pequeño mundo sea perfecto y no se macule con el de al lado. Perdóname por hacer esto, pero sé que algún día lo entenderás. Perdóname por dejarte solita y hacerte extrañar mis cosquillas. Te quiero mucho, mi danzarina.
Y perdónenme ustedes también por no haberles dicho alguna vez que, a pesar de todo, los quiero.
¿Y tú, negrito? Te seguiré dando motivos para que te rías de mí sin que yo me enoje. Me pondré nervioso a propósito para verte feliz de ganarme una vez más en el Play. “Siempre es así”, repites y yo sonrío con discreción y autocomplicidad. Quiero que caminemos millones de cuadras y yo intente equiparar tus hazañas. Quiero que soñemos cosas que nadie puede lograr. Quiero que esta noche te tomes una al polo por mí, hermanito.

1 comentarios:
Me gusta como escribes..
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