Hoy volvía a casa luego de una aburrida jornada en la universidad y un día que no acabó del todo bien en el bus que suelo abordar todos los días. A medio camino subió un joven que dijo ser de Piura, de oficio "payasito" y traía entre sus manos un parlante inalámbrico, un MP3 y un curioso títere de aspecto, precisamente, de payaso.El show empezó y mi indiferencia inicial pasó a la total atención. Me saqué los audífonos del celular y tomé atención a cada uno de los graciosos bailes del hombrecito de trapo. Al fondo hay sitio de Tommy Portugal, alguna canción de Chacalón y uno que otro reggaetón fueron las canciones estelares con las que deleitó a un ya cortejado público. Más de uno ya no temía sonreir ante los movimientos 'pélvicos' del muñeco. Claro, no fue una gran actuación, quizá su dueño aún tiene poco tiempo en este arte o el cansancio ya arreciaba en su habilidad. Pasó por los asientos a pedir una colaboración, pero yo no le pude dar nada porque el único sol que tenía ya lo había gastado pagando mi pasaje. Y eso me entristeció un poco.
Varios minutos más tarde, un hombre con una quena entre las manos también subió. Su rostro me parecía conocido. De hecho ya lo había visto alguna vez, pero inicialmente no le presté atención. No fue hasta que demostró todas sus virtudes con el instrumento que volví a despojarme de los audífonos para escuchar atentamente su demostración. ¡Realmente tocaba muy bien! Aunque parecía estar bastante agotado, lo que confirmó minutos más tarde en su testimonio. "La vida te toma a veces por sorpresa, pero tengo que agradecerle a Dios por la salud y por la música, que es la que me ayuda a sobrevivir", dijo. Y eso me tocó un poco.
Pasó también por cada uno de los lugares en espera de una colaboración. No le pude dar y esta vez me dolió más. Discul... Y ya era demasiado tarde para decírselo. Entonces recordé que alguna vez, cuando tenía 16 años y mis ganas de escribir ya eran incontenibles, estaba con mi primera novia en alguna banca de Larcomar. De repente, dos jóvenes se acercaron y ella se asustó. Creyó que eran de los tantos 'vendedores' de caramelos que terminan amenazándote si no les compras sus sobrevaluados productos. Pero no, solo eran dos chicos que escribían poesía y allí estaba uno ofreciéndome un poema a la moneda, al precio que yo quisiera ponerle. Aquella vez, para variar, no tenía más dinero que el necesario para regresar a casa. Para este momento, ella ya lo estaba mirando casi con desprecio por interrumpir nuestra charla. Yo, fugazmente identificado con su ofrecimiento, atiné a decirle: "Sabes, valoro mucho tu trabajo. Es más, yo a veces intento hacerlo también, pero esta vez no tengo más plata que para mi pasaje. Lo siento. Espero que puedas tener mejor suerte en las otras bancas". Al contrario de lo que se podría suponer, el muchacho no se enojó: terminó ¡felicitándome! por mi actitud y vaticinó que todo me iría bien en el futuro (puede ser), sin dejar la ocasión -claro- de darle a mi novia una 'chiquita' cargada de ironía: "Solo espero que encuentres una buena chica para tu vida". Yo solo sonreí y ella ya estaba furiosa hasta conmigo.
Pero no crean que siempre ando 'aguja' con nuestros amigos vendedores o artistas ambulantes. Recuerdo con alegría a aquellos que siempre lograron hacerme reír o me sorprendieron en más de una ocasión con una gran capacidad oradora. Como aquel mago-payasito al que durante una acto de magia con naipes, todos estos terminaron volándose por la ventana, causando un estallido de risas entre todos los pasajeros. Él, en vez de enojarse o entristecerse por esa pérdida azarosa de su material de trabajo, terminó matándose también de risa con todos. Era imposible que no le diera un sol.
Con este post solo quiero decirles que a todos que valoremos el trabajo de estos héroes de la ciudad y nos los confundamos con delincuentes. Es cierto que a veces suben personas de mal vivir o gente que muy cabronamente inventa enfermedades a hijos inexistentes o hasta sus propias madres. Pero creo que quien viaje habitualmente en el transporte público sabrá diferenciar esta clase de personas de aquellas que se rompen el lomo por no dejar que sus hijos mueran de hambre y de esos artistas callejeros que son, incluso, capaces de sacarnos un sonrisa y reír con nosotros, como si la vida les diera abundantes motivos para hacerlo.

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