No queda espacio ni para el adiós
Mientras iba caminando por ese terral que parecía el mismo de hace varios años atras, pisaba cada piedra que seguía ahí, inmutable, a la espera de algún repentino transeúnte que la pateara, la haga cambiar de lugar pero no de forma. Ya estaba frente al aeropuerto de Lima, tenía el cuerpo allí pero el alma aún en casa, sentada en un cómodo sillón a la espera de su incursión. Aunque dudó, los pasos no le resultaron imposibles, al fin y al cabo, la misión era tan abstracta como el color del fuerte viento que ahora sentía. Tal vez, allá dentro podría conseguir una temperatura agradable. Entró. Sólo veía gente apurada, parejas besándose luego de un muy prolongado reencuentro, familiares que por la emoción parecian recién conocerse; en fin, el lugar estaba tan saturado de gente que, aunque tendría más posibilidades de encontrarla allí dentro, no estaba dispuesto a soportar tan alérgico clima. Probablemente, el frío sea menos insoportable de resistir, pensó. Llegó a la boca de la rampa central. Ya había ido allí cuando niño. Le parecía perfecta y poética la soledad que podía encontrar en ese lugar. Tenía entendido que ella partiría a las 9 pm, casi una hora de espera se avecinaba. Había frente a él, aunque no tan cerca, un reflector. Recordó cómo podía ver aquellas espadas de luz salir de los focos cuando los veía llorando, cuando era niño y sus padres le hacían una reprimenda tremenda, en el taxi rumbo a casa las lágrimas que acompañaban su llanto infantil le otorgaban una vista preciosa, refractaban fantasiosamente la luz para él. Amaba las veces que no recibía ninguna riña y sus lágrimas brotaban de puro placer, de necesidad. Recordó la primera vez que lloró por ella. No pudo dejar de pensar mirando fijamente ese reflector, las veces que su imaginación fue fiel compañera de su corazón. Pudo sentir dentro de él un flash-back en vida, habían cosas que le parecían tontas y fuera de lugar. Le parecía por un momento absurdo estar allí esperando a alguien que no vio jamás en su vida. Pudo siquiera decir algo antes de que notase que 15 minutos restaban para las 9. Bajó lo más rápido que pudo. No sabía dónde estaba la sala de embarques. Preguntó. Corrió más. Ella ya no estaba. De seguro minutos antes pudo estar parada allí mismo. No quería llorar, no quería sentirse de nuevo un niño y ver refractarse la luz, subió de nuevo a la rampa, pero ya no tuvo deseos de llorar. Sólo recuerda que la vio, por primera, única y última vez, me ha dicho que estaba seguro de que era ella, la reconoció casi al instante. Gritó, gritó tan fuerte que estremeció el aeropuerto. La impotencia terminó por asesinarlo cuando la vio subir. Ahora sentía húmedas las mejillas. El me jura que la vio llorar también antes de abordar el avión.

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